domingo, enero 21, 2007

La vie est prélude...

No puedo creer que me encuentre en este lugar otra vez, menos de una semana después. La grama y las hojas de los árboles contrastan extrañamente con el típico cielo azul tan poco común a través de dos lágrimas continuas y el estupor que permanece en mí luego de los sucesos de hace dos días. El viento se lleva algunos pétalos de la rosa que apenas sostengo en mis manos, ni siquiera me molesta el frío que muerde mis huesos. Sólo puedo ver esa caja de madera, y todavía no puedo creer que el cuerpo de mi abuelo ocupe su interior.

Hace exactamente seis días estuve parado en el mismo lugar, tal vez un poco más hacia la derecha, con las mismas lágrimas pero sin estupor en mi mente, observando sin realmente ver una caja similar. Me costó menos despedirme de mi abuela y aceptar que su frágil cuerpo era el que estábamos entregando a la tierra, no por una menor cantidad de amor pero por la naturaleza tan diferente de su muerte. Luego de una larga batalla de más de dos años, un ovillo de células rebeldes como una carabela conquistó su cuerpo órgano por órgano. Recuerdo nuestra última conversación, y espero hacerlo siempre.

Y mientras dejo caer mi rosa maltrecha por el viento sobre la oscura caja de madera momentos antes de cubrirla con tierra seca y comenzar a olvidar o a intentarlo, al igual que lo hice sobre una caja muy similar la semana anterior, todavía no quiero aceptar la tragedia. Tuve dos años para prepararme para una muerte, y ni siquiera un segundo para la siguiente. Hace seis meses no había experimentado la muerte de un ser querido, justo antes de morir mi otro abuelo por un ovillo rebelde similar. La desaparición de una generación en un tiempo tan corto me provoca un nudo frío en el estómago que nunca había conocido. No creí que fuera tan duro aceptar que la vida tiene un fin.

En esencia las tres cajas son la misma. Esta última está cubierta con sangre. Al momento de ver el cuerpo inerte de mi querido abuelo por primera vez pude notar las diferencias con el ovillo fatal. Su rostro siempre risueño con el característico bigote casi completamente blanco, sus manos fuertes y gastadas por los casi sesenta años de trabajo continuo, todo su ser hinchado hasta el punto de convertirse en otra persona a causa de cuatro míseros esferoides de plomo y uno o más verdaderos demonios que los utilizaron para llevárselo. Esta muerte viene acompañada de algo más: la sangre, el estupor y la ira que probablemente quedará luego de superar la tristeza y regresar de este lado de la vida.

Pero mi abuelo ya está oculto, la tristeza permanece y la ira no vendrá. Todas las noticias nacionales de muerte, las violencias no fatales azotadas contra mis seres queridos y contra mí, la lenta construcción a través de dos décadas de una coraza endurecida alrededor de mi corazón, la resistencia a aceptar gradualmente una situación que es prácticamente imposible de cambiar, todas han sido destrozadas con cuatro balazos. Me es imposible sentir ira cuando sé que no devolverá la vida a ninguno de mis seres queridos. Y sólo se añade a la tristeza el hecho de resignarse a que un ser humano quitándole la vida a otro es una situación que no puede cambiarse.